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Brilla el sol, hace calor y todos acudimos a la playa, la piscina, los ríos… es parte fundamental del verano, pero con el calor, como con todo, debemos ser moderados y conscientes, ya que puede llegar a ser peligroso si no tomamos algunas simples precauciones.
Normalmente en nuestro propio cuerpo tenemos mecanismos que regulan la temperatura corporal y que hacen que ésta se mantenga estable en torno a los 36ºC, tanto si en el exterior hace frío como si hace calor. La piel es una estructura muy importante en la regulación térmica y su papel se centra en el efecto barrera a la entrada de calor o frío en el cuerpo.
Cuando estos mecanismos son sobreexpuestos a las altas temperaturas o bien las condiciones de hidratación o circulación sanguínea no son las idóneas, se produce una incapacidad para regular la temperatura y se da el golpe de calor.
Las temperaturas extremas producen un aumento de la transpiración por la piel (sudor) y evaporación de agua por la respiración. Ello conduce a una pérdida importante de líquidos y de sales minerales que el organismo necesita para funcionar correctamente. Es por ello que debemos estar contínuamente hidratados y beber mucha agua.
Cualquier persona puede acusar los efectos del sol o del calor, pero algunos casos concretos están más expuestos:
- Personas mayores de 75 años.
- Niños.
- Personas con problemas de movilidad.
- Obesos.
- Deportistas.
- Personas con hipertensión arterial o problemas cardiacos.
- Personas con problemas respiratorios.
- Personas con diabetes o problemas de tiroides.
Una de las formas más clásicas de alteración de la regulación térmica del organismo se conoce popularmente como insolación y se produce por efecto del calor después de la exposición mantenida al sol, sobre todo durante el verano.
Los consejos son sencillos: proteger la cabeza del sol intenso, usar cremas protectoras, beber mucho líquido y buscar una buena sombra en las horas en las que el sol está más alto (de una a cinco de la tarde). Aparte de eso, disfrutar.
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